Templarios. Caballeros del Temple PDF Imprimir E-mail
La exposición "Templarios", abierta al público hasta el 2 de noviembre del 2014 en el Castillo de Peñíscola (Castellón) -con motivo del séptimo centenario de la construcción de este lugar por el Temple-, analiza la historia y costumbres de esta Orden Militar fundada por un noble francés durante la época de las cruzadas y que tuvieron una enorme influencia en su época.

Un estudio riguroso a partir de diversas representaciones escenográficas, personajes y paneles informativos que nos ofrecen una amplia visión sobre una época y una organización -con tintes religiosos, militares, políticos e incluso económicos- que marcó una  etapa clave de la historia del cristianismo y de la sociedad de Occidente.

Hacia el año 1118 llegaron a Jerusalen varios miembros de la nobleza francesa. Uno de ellos, Hugo de Payns, tomó junto a sus compañeros los tres votos ordinarios de los canónigos regulares -obediencia, pobreza y castidad- más un cuarto voto de defensa del Santo Sepulcro y de los peregrinos que lo visitaran. El patriarca de Jerusalén aprobó el nacimiento de esta nueva orden religiosa-militar y Balduino II, rey de Jerusalén, admirado por el celo de estos “Pobres Caballeros de Cristo” les cedió un ala de su palacio, siendo conocidos desde entonces como “caballeros templarios”.

 

 

Tras varios años en Jerusalén, Hugo de Payns y otros cinco caballeros templarios viajan a Europa con un triple objetivo: conseguir la aprobación de la Orden y su regla, reclutar nuevos miembros y obtener recursos económicos para desarrollar su misión.

El reconocimiento pleno por parte de la iglesia llega durante el Concilio de Troyes, en el que se aprobó la regla que regiría la orden. Con la aprobación de la regla latina en 1139, pasa a estar bajo la autoridad directa del pontífice, lo que va acompañado de importantes privilegios. Tras el Concilio de Troyes, los templarios se trasladaron a los reinos cristianos de Europa en busca de apoyo. Su éxito fue enorme y en pocos años recibieron numerosas donaciones.

La Orden del Temple contó desde el principio con un número importante de recursos financieros procedentes de donaciones particulares y de los privilegios fiscales otorgados por el papado, que les permitía conceder préstamos.

La red financiera estaba dirigida por la encomienda de París en donde el propio rey de Francia, Felipe Augusto, depositó el tesoro nacional.

El ocaso de la Orden se produce con la disolución definitiva de los Estados Latinos de Oriente hacia 1291. Los templarios regresaron a París. Los acontecimientos en Oriente y su nueva situación en Occidente provocaría su declive. Su independencia del poder civil y sus privilegios en el mundo eclesiástico les convertían en una amenaza. El tesoro de la corona francesa estaba bajo la tutela de los banqueros de la Orden y sus propias riquezas lo triplicaban.

Felipe IV, rey de Francia, temía que los Templarios aspirasen a fundar su propia soberanía en Francia e intrigó para terminar con la Orden después de que el Papa le denegara la fusión del Temple con la Orden del Hospital bajo el maestrazgo de sus hijos.

Tras diversas calumnias, se inician procesos inquisitoriales y se ordena la incautación de todos los bienes de la Orden y su puesta a disposición de la Iglesia. En el Concilio de Vienne (1311), el papa Clemente V ordena transferir los bienes templarios en disputa a la Orden del Hospital.

En el primer cuarto del siglo XII se produce la expansión del Temple por Europa. Los monarcas de los reinos cristianos de la península ibérica, en guerra contra los musulmanes, vieron en estas órdenes militares extranjeras una importante ayuda. En Valencia por ejemplo, la conquista del reino musulmán estuvo auspiciada por el rey Jaime I el Conquistador. Las órdenes del Temple y del Hospital actuaron como tropas de élite de los ejércitos cristianos. La primera de ellas alcanzó su máximo poder a partir del siglo XIV por la permuta de Tortosa por Peñíscola y la compra del castillo de Culla.

En el año 1147 el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV cedió Peñíscola, antes de ser conquistada, a Guillen Ramón de Montcada. Hasta 1233 Peñíscola no pasará a manos cristianas, siendo cedida al Temple por Jaime I el Conquistador. La fortaleza fue construida en gran parte por los templarios entre 1294 y 1307 sobre un anterior castillo musulmán y su arrabal. Por su parte, el castillo de Xivert fue donado al Temple, junto con Oropesa, en el año 1169 por Alfonso el Trovador. Conquistado por los templarios en 1223 y cedido a la Orden por Jaime I, fue la sede principal del Temple en estas tierras hasta la permuta de Tortosa por Peñíscola en 1294, fecha en que Xivert pasó a formar parte de la encomienda de Peñíscola.

 

 

 

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